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La vida espiritual y el desapego
El universo sensorio es, por decirlo así, tan solo la proyección de una partícula de ese infinito universo espiritual, al plano de la conciencia de los sentidos
La vida espiritual o religiosa consiste primero en desarrollar en uno el anhelo por conocer lo Desconocido, o Dios o como quiera que se Lo llame, y luego sentir Su presencia íntimamente, pues la religión, en esencia, pertenece al plano interno, suprasensorio y no al de los sentidos. “La religión – dice Swami Vivekananda, – está más allá de todo razonamiento y del plano intelectual. Es una visión, una inspiración, una zambullida en lo desconocido e incognoscible; que hace a lo incognoscible más que conocido, ya que a Ello jamás se Lo puede “conocer”. Esta búsqueda ha estado en la mente humana, creo yo, – continúa Swami Vivekananda – desde el mismo principio de la humanidad. No pueden haber permanecido, en ningún período de la historia del mundo, el razonamiento e intelecto humanos, sin esta lucha, sin esta búsqueda del más allá.” Aquí, al parecer, Swami Vivekananda está hablando en términos contradictorios cuando dice que la religión “hace a lo incognoscible más que conocido, ya que a Ello jamás se Lo puede conocer”. Dios o lo que está más allá, no puede ser conocido por estos nuestros sentidos como cualquier otro objeto del mundo, sin embargo, puede ser percibido por una mente pura, despojada de toda clase de deseo mundano, y cuando lo percibe así es mucho más real que los objetos del mundo palpados por los sentidos. Es por eso que habla en esos términos.

Pero en la época actual la más grande de las cuestiones es: Suponiendo que lo conocible y lo conocido están circunscriptos por lo incognoscible y eternamente desconocido, ¿por que debemos luchar por conocer lo incognoscible? ¿Por qué no debemos quedarnos contentos con lo conocido? Porque, al ser humano, esto no le satisface, siendo una de las razones que lo conocido, esta manifestación, es una parte de lo inmanifestado; el universo sensorio es, por decirlo así, tan solo la proyección de una partícula de ese infinito universo espiritual, al plano de la conciencia de los sentidos. ¿Cómo se puede explicar o entender esa partícula, sin conocer lo que está más allá, o sea, la fuente y origen? Se dice que un día, cuando Sócrates estaba hablando en Atenas se encontró con un brahmín, quien había viajado a Grecia, Sócrates le dijo al brahmín que la indagación más grande de la humanidad es el hombre. Al instante el brahmín le replicó: “¿Cómo puede Ud. Saber acerca del hombre a menos que conozca a Dios?” Swami Vivekananda comenta: “Este Dios, este eternamente Incognoscible, o Absoluto o Infinito o como quiera que lo llaméis, es la única explicación de las razones en que se basan lo conocido y lo conocible o esta vida actual.” Es decir, el universo sensorio no tiene existencia separada de lo Absoluto, de Dios.

¿Cómo podemos saber que es así? Vamos a contestar con las palabras de un Upanishad. El Kena Upanishad comienza con esta indagación: “¿Movida por qué voluntad, la mente se dirige hacia su objeto? ¿Ordenado por quién, el prana principal (la fuerza vital) cumple con sus funciones? ¿Por qué voluntad se mueve el habla del hombre? ¿Quién es el dios que dirige los ojos y oídos?” De aquí podemos concluir que el discípulo que hace esas preguntas ya sabe que la mente y los sentidos no son independientes, es algún otro el que los maneja, aunque la creencia común es que la mente piensa por sí. Si eso fuera cierto, entonces, un hombre inteligente no pensaría en cosa malas; sin embargo es sabido que aun dándose cuenta que va a cosechar frutos amargos la mente abriga a veces pensamientos viciosos. Y a pesar de ser advertido por otros, uno es impelido a obrar mal y sufrir sus consecuencias desagradables. Por consiguiente es correcto suponer que la mente no está del todo libre en sus actividades. Es una creencia común que el cuerpo, que consta de los sentidos y miembros, dirige a una persona a actuar, y que la mente también está bajo el control del cuerpo. Pero un hombre inteligente se da cuenta que el cuerpo, los sentidos y la mente, en realidad, todas las cosas en una persona encarnada salvo el Ser más recóndito, son mutables, impermanentes y materiales. La mente y todo lo demás cumplen sus funciones por la mera voluntad del Atman.

El discípulo le pregunta al preceptor acerca de este Atman inmutable y eterno. El maestro contesta: “Es el Oído del oído, la Mente de la mente, el Habla del habla, el Prana del prana y el Ojo del ojo. Habiéndose desligado de los sentidos y renunciado al mundo, los sabios alcanzan la Inmortalidad.”

Sri Shankaracharia, comentando este verso, dice: “Al discípulo que era calificado o apto para el conocimiento, el preceptor explica quién es el que dirige la mente y todos los otros instrumentos en el cuerpo.” La segunda palabra oído se refiere al instrumento de oír, que es el órgano sutil por medio del cual uno oye el sonido. Sin embargo, según el Upanishad, no es el órgano mismo el que oye; funciona de esta manera a causa de la presencia del Atman, que es luminoso, todo lo penetra y es Inteligencia eterna. No es que el maestro esté refiriéndose a otro oído sino al Atman cuya presencia da al instrumento, u órgano, su sensibilidad de oír, pensar, ver respectivamente. Como no hay otra manera de referirse o mejor dicho conocer al Atman sino mediante las funciones de cada uno de los instrumentos, el preceptor enseña que ese Atman es el que está detrás de todas las funciones de los órganos. Lo que es cierto en un microcosmo también lo es en el macrocosmo, lo que se ve en un individuo también puede decirse del universo. De ahí la conclusión a que llegamos antes.

Leemos también en el Chandoguia Upanishad que así como conociendo un terrón de arcilla se conoce la naturaleza de todas las cosas hechas de arcilla, así como conociendo un pedazo de oro se conoce la naturaleza de todos los adornos hechos de oro, así como conociendo una navaja hecha de acero se conoce la naturaleza de todos los objetos de acero, del mismo modo, conociendo lo Absoluto uno puede conocer todo el universo, ya que las distintas formas y nombres son sólo superficiales, siendo la substancia principal lo Absoluto. Es por eso que no se encuentra paz ni felicidad duraderas en lo externo, cuando se olvida de lo principal.

Swami Vivekananda dice: “La vida será un desierto, la vida humana será en vano, si no podemos conocer el mas allá (lo desconocido). Es muy fácil decir “estad contentos con las cosas del momento”. Las vacas y todos los otros animales lo están y es eso lo que los hace animales. Así pues, si el hombre queda contento con el presente y abandona toda búsqueda del más allá, la humanidad tendrá que volver al plano animal. Es la religión, esa indagación del mas allá, que hace la diferencia entre el hombre y un animal. Bien se ha dicho que el hombre es el único animal que por naturaleza mira hacia arriba; todo otro ser viviente, por índole, mira hacia abajo. Ese mirar hacia arriba y elevarse y llegar a ser perfecto es lo que se llama salvación, y cuanto más pronto un hombre comienza a elevarse tanto más pronto comprende esta idea de la verdad como salvación. Ésta no consiste en la cantidad de dinero que uno tiene en su bolsillo, o en el traje que se pone, o en la casa en que vive, sino en la riqueza del pensamiento espiritual que tiene en su cerebro. Esto es lo que contribuye al progreso humano; esa es la fuente de todo progreso material e intelectual, la fuerza motriz, y el entusiasmo que empuja adelante a la humanidad.”

En otra oportunidad Swami Vivekananda comentó: “No se debe juzgar la religión las normas materiales, de utilidad material. Se pregunta: “¿Qué bien puede hacer la religión? ¿Puede quitar la pobreza de los pobres?” Supongamos que no pueda, ¿probará eso la falsedad de la religión? Supongamos que un niño se ponga de pie ante vosotros, cuando estéis tratando de demostrar una teoría de astronomía y os pregunte: “¿Nos dará caramelo?” “No, no da,” contestaréis. “Entonces, – dirá el niño, – no sirve.” Los niños juzgan al universo entero desde su punto de vista, de brindarles caramelo, y asimismo hacen los niños del mundo espiritual. No debemos juzgar las cosas elevadas desde nuestro bajo punto de vista. Se debe juzgar todas las cosas por la norma que le corresponde, y el infinito debe ser juzgado por la norma de la infinitud. La religión interpenetra la vida toda del hombre, no solamente el presente, sino el pasado, el presente y el futuro. Es la relación eterna entre el Ser eterno y el Dios eterno. ¿Acaso es lógico medir su valor por su acción sobre cinco minutos de la vida humana? Seguro que no.”

La contribución de la religión al hombre es mucho más sólida, duradera y ennoblecedora. Ha hecho al hombre lo que es, y podrá transformarlo en un Dios. Esto es lo que la religión puede hacer. Este es el propósito de la religión: convertir al hombre animal primero en humano y luego en divino. Hacerle sentir la presencia divina que está en su interior. Para alcanzar ese estado la religión enseña varios métodos, entre los cuales los más prominentes son: de devoción, de acción desinteresada, de conocimiento y de control psíquico. Se puede decir que hay tantas religiones, tantas sectas; cada una pretende ser el único sendero hacia Dios, ¿cuál de ellas debemos seguir? Todas las religiones son verdaderas, y en lo fundamental no están en desacuerdo. Pero las diferencias que vemos o encontramos a veces son debido al clima, temperamento de la gente y el ambiente en que las religiones fueran primero esparcidas o divulgadas. Pueden haber diferencias entre los ritos y rituales que siguen dos religiones pero en los principios no se encuentra mucha desemejanza.

Si estudiamos cuidadosamente las disciplinas que recomiendan las distintas religiones o los distintos senderos de cualquier religión, llegaremos a darnos cuenta de que hay ciertas prácticas que son comunes en todos ellos, por ejemplo, el renunciamiento. Los Vedas declaran: “No por la acción (recomendada por los Vedas) ni teniendo hijos ni riquezas, sino únicamente por el renunciamiento, algunos alcanzaron la Inmortalidad.” Jesús dijo al joven rico que se le había acercado y preguntado: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” ~ ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno, es a saber Dios; y si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. “Dícele: “¿Cuales?” Y Jesús dijo: “No matarás; no adulterarás; no dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre, y, amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Dícele el mancebo: Todo esto guardé desde mi juventud. ¿Qué más me falta?” Dícele Jesús: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.” Los que quieren profundizar más pueden estudiar las enseñanzas de distintas religiones por ellos mismos y encontrarán que las divergencias están en las cosas superficiales, mientras que en lo fundamental no existe diferencia alguna en sus enseñanzas.

Entre las disciplinas que enseñan los diferentes yogas, y los requisitos que exigen hay algunas prácticas imprescindibles para seguir cualquiera de ellos, por ejemplo, el discernimiento entre lo Real y lo transitorio, el desapasionamiento hacia las cosas del mundo, y un anhelo fuerte por alcanzar la liberación, o llegar a Dios. La religión no es solamente para los pocos que renuncian al mundo formal y mentalmente, sino para todos aquellos que aspiran a una vida más elevada, una vida del Espíritu; por consiguiente, debe ser factible para los que están viviendo como hogareños, con sus padres, esposa e hijos. Sri Krishna dice en el Bhagavad Guita: “Cumpliendo con los propios deberes uno llega a ser perfecto; y oye como se puede llegar a tener la perfección dedicándose a los deberes. Aquél de quien se han originado todos los seres, por quien todo esto está interpenetrado, adorando a Él por medio del cumplimiento de los propios deberes el hombre alcanza la perfección.” En el mundo nadie puede estar ocioso, sin trabajar, ya que todos tienen sus deberes que cumplir. Pero en la mayoría de los casos se trabaja por apego al trabajo, por interés personal, u otro objetivo, es decir, siempre bajo algún motivo personal. El resultado es que uno se apega más y más o a la acción o al motivo y así se enreda cada vez más fuertemente.

Además, toda acción tiene una reacción o resultado que tiene que cosechar el que la hace. Es un laberinto en que damos vueltas repetidas veces sin poder salir de él. Los resultados de las acciones de las vidas anteriores nos hacen renacer y con las acciones que estamos haciendo en esta vida acumulamos más resultados para un futuro nacimiento y de este modo sigue el ciclo sin cesar. ¿No hay modo de salvarnos de este ciclo de nacimiento y muerte? En el pasaje del Bhagavad Guita ya citado, Sri Krishna nos brinda uno de los métodos mediante el cual el hombre puede por los mismos actos de su vida diaria liberarse de sus efectos. No necesitamos hacer nada especial ni descuidar nuestros deberes; por el contrario, tenemos que cumplir con ellos con sumo cuidado y al mismo tiempo dedicarlos al Señor. En otro lugar del mismo libro Sri Krishna dice a Aryuna: “Cualquier cosa que hagas, cualquier alimento que comas, cualquier sacrificio que ofrezcas, cualquier cosa que des, cualquier austeridad que practiques, hazlo todo como una ofrenda a Mí. De esta manera te liberarás de las ligaduras de las acciones que son fuentes de buenos y malos resultados; y con el corazón firme en el yoga de renunciación y liberado vendrás a Mí.”

Sin duda ofrecer todo a Dios con sinceridad nos cuesta mucho, pues en tal caso no podremos gozar de nuestro éxito, ni sentir exaltación con las buenas obras que hagamos. Un hombre que siempre ha estado llevando una clase de vida distinta no va a poder hacerlo enseguida, sin embargo, si uno quiere ir más allá de las limitaciones y ligaduras, entonces debe tratar de dedicar las acciones al Señor, debe aprender a desapegarse de los resultados de su trabajo.

El desapego a las cosas transitorias juega un gran papel en todos los yogas, y no tan sólo en el sendero de la acción inegoísta o karma yoga, ¿Por qué un devoto que sigue el sendero de la devoción no puede desde el principio dedicar las acciones a Dios, a quien él quiere amar? A causa del apego a los resultados. También porque los objetos del mundo son tan tangibles y tan atractivos que no podemos de repente desapegarnos de ellos. Y a menos que podamos hacerlo estaremos lejos de la vida espiritual y aún más distantes de Dios. Tenemos apegos incontables, apego a la riqueza, a las cosas adquiridas, a los parientes, a los amigos, al renombre, fama y muchos otros. Esos apegos nos ciegan. Sri Krishna afirma: “El hombre que piensa continuamente en los objetos de los sentidos desarrolla apego por ellos, luego surge el deseo y cuando éste ve obstruido produce ira. Ésta ofusca la mente y por consiguiente pierde la facultad de recordar las cosas en su propia perspectiva, y por lo tanto, la del discernimiento, y al final causa su muerte espiritual.” Por el contrario, el que está libre de apego y aversión, aunque esté actuando entre los objetos sensorios, controlando su mente, logra la paz.

Hay una historia en el Mahabhárata, una de las más grandes epopeyas de la India, a cual nos demuestra con claridad lo peligroso que es ese apego: Había un rey llamado Bharata, quien durante muchos años reinó sobre su imperio, y cuando se envejeció, colocó a su hijo sobre el trono, como era la costumbre en aquel entonces, y se retiró a los bosques en los Himalayas, para dedicar el resto de su vida al pensamiento de Dios. Construyó con sus propias manos una choza cerca de un arroyo y vivió allí alimentándose con las frutas y raíces que él mismo recogía, y meditando en el Señor. Pasaron días, meses y años, un día una cierva sedienta fue al arroyo para beber agua. En ese momento oyó el rugido de un león que se encontraba a cierta distancia. La cierva, muy asustada, dejó de beber el agua y trató de cruzar el arroyo de un salto. Estaba preñada, y, a causa del susto repentino y demasiado esfuerzo, dando a luz un cervatillo, cayó muerta. El cervatillo a su vez cayó en el agua del arroyo y estaba siendo llevado rápidamente por la corriente. El rey, que estaba meditando, observó esto, lanzándose al río salvó al cervatillo, lo llevó a su choza y calentándolo cerca del fuego lo restauró a la vida. Viendo la condición desamparada del animal, el rey lo crió alimentándolo con pastó tierno y frutas, hasta que se convirtiera en un ciervo. Pero aquél que había tenido fuerza mental para cortar el apego de toda la vida, al poder, posición y familia, quedó atrapado en la red del cariño por el cervatillo que él había salvado de una muerte inminente. Sintió una fuerte atracción hacia el animal y cuanto más se encariñó del ciervo menos pudo concentrar su mente en Dios. Si el animal iba al bosque para pastar y demoraba en volver, la mente del rey se ponía inquieta, ansiosa y preocupada. Pensaba: “Quizás mi pequeño haya sido atacado por un tigre o haya caído en algún otro peligro, ¿si no, por qué se demora?”

Pasaron algunos años más de esta manera y se le acercaba la muerte al rey. Éste en vez de pensar en el Señor, con qué propósito había renunciado a su reino, familia y todas otras comodidades, quedaba preocupado por el ciervo. Al final, cuando llegó el momento, mirando los ojos tristes de su animal favorito, el rey dejó su cuerpo. Y por consiguiente renació como un ciervo. Pero jamás se pierde ningún karma bueno, y todas las buenas acciones que el rey había hecho cuando gobernaba su reino y después como sabio, dieran su fruto. Ese ciervo nació yatismara, esto es, con la memoria de lo ocurrido en su vida anterior. Aunque no podía hablar y vivía en un cuerpo de animal, se alejaba de sus compañeros e instintivamente buscaba pacer en la proximidad de las ermitas, donde se hacían ofrendas al fuego y predicaban sobre los Upanishads.

Después de vivir los años que corresponde a un ciervo, murió y nació de nuevo, esa vez como el hijo menor de un rico brahmín. En ese nacimiento también recordó sus vidas anteriores. Como consecuencia, desde su infancia estaba decidido a no envolverse más ni en lo bueno ni en lo malo de la vida. El niño era fuerte y sano, pero se comportaba como un mudo. Vivía como una cosa inanimada o como un loco, por miedo a enredarse en los asuntos del mundo. Sus pensamientos eran, siempre, de lo Infinito, y llevaba la vida para agotar su prárabdha karma, es decir, el resultado de las acciones de las vidas pasadas que han causado este cuerpo. Con el pasar del tiempo, el padre del muchacho murió y los hermanos dividieron la propiedad entre ellos mismos; y pensando que el menor era mudo e imbécil se apoderaron de su parte también. Sin embargo tuvieron la piedad de darle alimento y ropa. Las esposas de sus hermanos no lo trataban con simpatía; le hacían trabajar duramente; si el muchacho no podía hacer lodo lo que ellas le mandaban, le increpaban. Aun así, el muchacho no mostraba ni fastidio ni miedo, tampoco pronunciaba palabra alguna. Cuando lo trataban muy mal salía de la casa e iba a sentarse bajo un árbol, durante horas, hasta que se calmaran las cuñadas. Luego volvía a casa.

Un día en que ellas lo habían tratado con más de la usual severidad, Bharata salió de la casa como era su costumbre y se sentó en la sombra de un árbol para descansar. En ese momento pasaba por allí el rey del país en un palanquín llevado sobre los hombros de los peones. Como uno entre ellos se enfermara repentinamente, los servidores del rey buscaban a una persona para reemplazarlo. Viendo a Bharata sentado bajo el árbol, le preguntaron si querría tomar el lugar del enfermo para llevar el palanquín. No recibiendo contestación alguna y observando que era un hombre fornido y sano, lo llevaron por la fuerza y colocaron el palo del palanquín sobre su hombro. Aun así Bharata no pronunció ni una palabra, sino que siguió el camino. Pronto el rey observó que el palanquín no se movía como debería y eso le causaba incomodidad; por consiguiente, mirando hacia afuera, se dirigió al nuevo peón: “Tonto, descansa un rato, si te duelen los hombros.” Bharata, bajando el palo del palanquín, habló por primera vez: “¿A quién, oh rey, llamas tonto? ¿A quién estas ordenando a bajar el palanquín? ¿A quién dices que está cansado? ¿A quién diriges como “tú”? Si quieres decir, oh rey, por la palabra “tú” esta masa de carne, entonces está compuesta del mismo material que la tuya; es inconsciente y no conoce el cansancio, no conoce el dolor. Si quieres significar por esa palabra la mente, esa es la misma que la tuya; es universal. Pero si la palabra tú” está aplicada a algo que está más allá, entonces es el Ser, la Realidad en mí que es la misma que está en ti, y es el Único en el universo. ¿Quieres decir, oh rey, que el Ser puede estar jamás cansado, que puede lastimarse? Yo no quise, oh rey, – este cuerpo no quiso, – pisotear los gusanos que se arrastraban en el camino, y por consiguiente, tratando de evitarlos, el palanquín se movió erráticamente. Pero el Ser jamás estaba cansado nunca estaba débil; nunca llevó el palo del palanquín, pues es omnipotente y omnipresente.” De esta manera habló elocuentemente sobre la naturaleza del Ser, y sobre el conocimiento más elevado. El rey, quien estaba orgulloso de su erudición, conocimiento y filosofía, descendió del palanquín y se prosternó ante Bharata, diciendo; “Te pido perdón, oh gran alma, no sabía yo que tú fueras un sabio, cuando te pedí que me llevaras.” Bharata lo bendijo y se despidió. Luego reanudó el mismo ritmo de vida de antes hasta que agotó su karma y cuando dejó su cuerpo quedó liberado para siempre de la ligadura de nacimiento.

De ahí podemos ver cuan peligroso es el apego a las cosas efímeras. Un rey que tenía todo, gozaba de los placeres del palacio y gobernaba sobre millones, abandonó todo con el fin de dedicarse al pensamiento de Dios, pero ese lazo de apego por un cervatillo lo arrastró dos veces a este mundo. Es por eso que se da mucha importancia a esa práctica de desapego.

Ahora bien, se puede preguntar: Esto está bien para los que han renunciado al mundo, pero nosotros que vivimos en él ¿cómo podemos dejar de aferramos a nuestros parientes, y amigos, casa, propiedad y riqueza? ¿Cómo podemos ser crueles con nuestros hijos? La religión no enseña a ser crueles, al contrario, el que realmente sigue un sendero espiritual jamás falta a sus obligaciones en el mundo. Sri Ramakrishna aconseja a los hogareños: “Vivid en el mundo como la criada en la casa de un rico. Ella atiende a todos los quehaceres de la casa, pero sus pensamientos están en su propio hogar en su aldea nativa. Cría a los hijos de su amo como si fueran sus propios hijos y hasta llega a decir, “Mi Harí’ al hijito del patrón. Muestra la casa y dice: “Esa es nuestra casa.” Dice todo esto, pero en lo más íntimo de su corazón sabe que ni la casa, ni Harí, le pertenece. Del mismo modo, haced todos vuestros deberes, pero mantened vuestra mente en Dios. Vivid con todos, esposa e hijos, padre y madre, y servidles. Tratadles como si fueran vuestros muy queridos, pero sabed en lo íntimo de vuestro corazón que no os pertenecen.” Es necesario imprimir esta idea en nuestra mente hasta que llegue a recibirla y asimilarla, pues la mente es veleidosa y rechaza cualquier nueva idea o nuevo pensamiento.

Puede surgir una duda: Practicando el desapego ¿no vamos a perder nuestro afecto a los que dependen de nosotros? Si realmente buscamos a Dios no es posible que perdamos las virtudes como simpatía, cariño, comprensión y otras semejantes. Y el que llega a alcanzar a Dios se llena de esas virtudes como lo vemos en todos los grandes maestros espirituales. Además, el afecto humano es siempre motivado por interés egoísta, ya sea de una recompensa inmediata o futura; y hasta los que dependen de nosotros dejan de ser queridos una vez que se comporten contra nuestra voluntad o deseo. El cariño en ese caso se esfuma y toma su lugar la indiferencia o aversión. En cambio, una persona que sigue avanzando en el sendero espiritual no espera ningún resultado de sus acciones, y tampoco disminuye su atención a sus deberes. Sri Ramakrishna es muy claro acerca de ello: “Un hogareño tiene sus deberes que cumplir, deudas que pagar: su deuda a los dioses, a los antepasados, a los rishis y a su esposa e hijos. Si una esposa es fiel, el marido debe sostenerla; también debe criar a sus hijos hasta que sean mayores.” También reprochó severamente, a uno de sus discípulos por haberse alejado de sus padres, diciendo; “¿Acaso el padre y la madre son poca cosa? Ninguna práctica espiritual producirá fruto a menos que ellos estén complacidos. Chaitania estaba embriagado de amor por Dios, aun así, antes de tornar el voto de monje, trató de persuadir a su madre para que le otorgara su permiso para renunciar al mundo, durante muchos días. Tus padres te criaron. Tú mismo eres padre de varios hijos. Sin embargo, has dejado el hogar con tu esposa. Has defraudado a tus padres. Has salido del hogar con tu esposa e hijos y sientes que te has convertido en un santo. Un hombre no puede alcanzar nada sin pagar las deudas que debe a sus padres.” Aquí vemos claramente la posición verdadera de una persona que quiere seguir el sendero espiritual; no puede huir de sus deberes sino cumplir con ellos a la perfección y al mismo tiempo no esperar ninguna clase de recompensa. Es sólo esta forma de desapego que nos puede llevar a la perfección, conducir hacia Dios. Sin ese desapego nadie jamás pudo, puede ni podrá alcanzar a Dios.

¡Que el misericordioso Señor nos otorgue ese desapasionamiento y desapego y nos dé refugio a Sus pies!

Swami Paratparananda fue el editor de la revista The Vedanta Kesari, medio de expresión en Inglés de la Orden Ramakrishna, de 1962 a 1967 y profesor (Acharia) del Centro de Formación de los brahmacharis (principiantes) en el Monasterio de Belur (Calcuta), la sede de la Orden. Fue enviado por la Orden a su templo en Buenos Aires, Argentina, en 1968. En 1973 se convirtió en el líder espiritual de este centro después de la desaparición de Swami Vijoyananda (o Vijayananda Swami como era conocido en la India), discípulo de Swami Brahmananda y el pionero del Vedanta en América del Sur. Swami Paratparananda,-Maharaj, término respetuoso y afectivo con el que se le denominaba, regresó a la India en septiembre de 1988.

Fuente: https://www.webislam.com/

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